– De libros prohibidos y quema de ejemplares –

La quema de libros o manuscritos es tan antigua como los documentos mismos, y tan fresca como la actualidad de esta semana.

Prender fuego a un montón de libros reviste algo singularmente diabólico, un apetito por la destrucción que conduce de forma ineludible a males todavía más tremendos. Pero si los largos y sobrecogedores precedentes de quema de libros enseñan algo, es que a los libros no se los mata con fuego. Las páginas pueden arder, las bibliotecas ser reducidas a cenizas, los tratados ser declarados culpables de herejía o sedición y ser combustible de las llamas…  pero las ideas no son fáciles de erradicar.

Desgraciadamente, en su comportamiento incruento y fanático, los pirómanos de libros han existido desde época temprana (durante la etapa de las Cruzadas, el Holocausto, incluso en el Estado Islámico). Cualquier salvaje puede prender fuego a un pergamino, saquear el fondo de una biblioteca, o incluso demoler tesoros culturales; pero ni un ejército poderoso puede destruir las ideas que los personajes ilustres personificaron.

Fue entonces cuando allá por 1554, la concesión de licencias de impresión quedaban definitivamente en manos del Consejo de Castilla para una mayor control sobre el pueblo. Por eso no es de extrañar, que el rey Carlos III de España aprobara la Pragmática Sanción de 1767 por la que dictaba la expulsión de los jesuitas de todos los dominios de la corona incluyendo los de Ultramar, lo que suponía un número cercano a los 6.000.

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Y, ¿quiénes eran estos jesuitas? La compañía de Jesús era una congregación religiosa católica más, cuyos miembros desempeñaban tradicionales votos de pobreza, castidad y obediencia; y al igual que los miembros de otras congregaciones, también se dedicaban a la predicación y a la administración de los sacramentos. Por ello, eran muy estimados, pero también temidos y odiados, incluso por parte de muchos católicos. 

Según los escritos conservados en nuestro Archivo Histórico, se condenaba la obra Historia imparcial de los jesuitas por promover enfrentamientos sociales y discrepancias entre el absolutismo político de Carlos III y el Catolicismo.

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Álora, 1772.

Con la expulsión de los jesuitas se quiso aprovechar para realizar una reforma de la enseñanza que debía fundamentarse en las disciplinas científicas y en la investigación. Entre las reformas, se sometieron las universidades al patronazgo real y se creó en Madrid los Estudios de San Isidro (1770) como centro moderno de enseñanza media destinado a servir de modelo, además de las Escuela de Artes y Oficios, que han perdurado hasta el siglo XX. Las propiedades de los jesuitas sirvieron para crear nuevos centros de enseñanza y residencias universitarias. Sus riquezas, para beneficiar a los sectores más necesitados, se destinaron a la creación de hospitales y hospicios.

Como veis, la Compañía de Jesús: la mayor y más influyente orden religiosa de entonces, comenzó a verse salpicada por intereses socioeconómicos y políticos, propiciados por la preocupación que levantaba tanto en las esferas políticas como en la propia Iglesia.

Un desmesurado poder que la Compañía alcanzó en todos los niveles.

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Bougainville, “Expulsión de los jesuitas de Montevideo” (1779)
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